Poliédrico Gary

Para saber más sobre Romain Gary, se pueden consultar estos documentos:

Bibliographie sommaire en français:

  • Myriam Anissimov, Romain Gary L’enchanteur, Éd. Textuel, 2010
  • Jean-François Hangouët, Paul Audi (dir.), Romain Gary, Éd. de l’Herne, 2005
  • Mireille Sacotte, Romain Gary Écrivain – Diplomate, Ministère des Affaires étrangères-adpf, février 2003
  • Lectures de Romain Gary (ouvrage collectif), Gallimard / Musée des lettres et manuscrits, 2010

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Charla de Joaquín Leguina: “Impostores y sus críticos”

Charla de Joaquín Leguina, escritor y primer presidente de la Comunidad de Madrid (1983-1995):

Impostores y sus críticos”

A raíz del libro de Joaquín Leguina sobre literatura y algunos casos de célebres impostores – Impostores y otros artistas (Cálamo, 2013) -, y la lectura en Bel-Ami durante el mes de abril de La vie devant soi de Émile Ajar, que era en realidad Romain Gary, disfrutaremos de la presencia del escritor para charlar de estos asuntos.

Foto: David Asencio

Foto: David Asencio

El próximo lunes 4 de mayo,      a las 20h15

Entrada libre

En  ESPACIO LEER

c/ Argumosa 37, Madrid (detrás del Museo Reina Sofía, Metro Atocha – línea 1 o Metro Lavapiés – línea 3).

Toda la vida por delante

Con sesenta años, un hombre se mete en la piel de un niño y escribe…

“Yo me decía que sería bueno que el señor Hamil se casara con la señora Rosa, pues a su edad podían deteriorarse juntos, que siempre es mejor. Así se lo dije al señor Hamil. Podríamos subirle hasta el sexto en una camilla para la petición de mano y luego transportarlos a los dos al campo y dejarlos allí hasta que se muriesen. No se lo dije con estas palabras, porque no eran las más adecuadas para animarlo a decidirse; sólo le insinué que es mejor ser dos y así poder cambiar impresiones. También le dije que él podía vivir perfectamente hasta los ciento siete años, porque a lo mejor la vida se ha olvidado de él y como en otro tiempo se interesó un par de veces por la señora Rosa, ahora era el momento de aprovechar la ocasión. Los dos necesitaban amor y como a su edad eso ya no era posible, tenían que unir sus fuerzas. Hasta le enseñé la foto de la señora Rosa a los quince años y él la admiró con esas gafas especiales que tiene para ver más que la otra gente. Primero se la puso lejos y después muy cerca, y algo debió de ver a pesar de todo porque sonrió y luego se le soltaron las lágrimas, no por nada en particular, sino sólo porque es un viejo. Y es que los viejos siempre gotean”. (traducc. Ana María de la Fuente, La vida ante sí, 1989).

“Je me disais que ce serait une bonne chose de faite si Monsieur Hamil épousait Madame Rosa car c’était de leur âge et ils pourraient se détériorer ensemble, ce qui fait toujours plaisir. J’en ai parlé à Monsieur Hamil, on pourrait le monter au sixième sur des brancards pour la proposition et puis les transporter tous les deux à la campagne et les laisser dans un champ jusqu’à ce qu’ils meurent. Je ne lui ai pas dit ça comme ça, parce que ce n’est pas comme ça qu’on pousse à la consommation, j’ai seulement fait remarquer que c’est plus agréable d’être deux et pouvoir échanger de remarques. J’ai ajouté à Monsieur Hamil qu’il pouvait vivre jusqu’à cent sept ans car la vie l’a peut-être oublié et puisqu’il avait été autrefois intéressé une fois ou deux par Madame Rosa, c’était le moment de sauter sur l’occasion. Ils avaient tous les deux besoin d’amour et comme ce n’était plus possible à leur âge, ils devaient unir leur force. J’ai même pris la photo de Madame Rosa quand elle avait quinze ans et Monsieur Hamil l’a admirée à travers les lunettes spéciales qu’il avait pour voir plus que les autres. Il a tenu la photo très loin et puis très près et il a dû voir quelque chose malgré tout car il a souri et puis il a eu des larmes dans les yeux mais pas spécialement, seulement parce qu’il était un vieillard. Les vieillards ne peuvent plus s’arrêter de couler”.

En 1975, se publicaba La vie devant soi y ganaba el premio Goncourt. Nadie sabía que detrás de aquel niño narrador, no se encontraba quien firmaba el manuscrito – el misterioso e inaprensible Émile Ajar -, sino Romain Gary, que ya había obtenido el Goncourt en 1956 por Les racines du ciel. Mientras unos certificaban el declive de Gary, otros ensalzaban la frescura de Ajar. Pero al final ninguno de ellos quiso envejecer. El 2 de diciembre de 1980, Gary y sus reflejos se desvanecieron en una detonación de revólver.

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