14, de Jean Echenoz

14. Así de lacónico titulaba Echenoz (Orange, 1947) su novela sobre la “Grande Guerre”, la que estalló en el verano de 1914, hace ahora 101 años. Muchos han sido los que desde su testimonio e inventiva se han tomado la molestia de consignar en papel estas experiencias de guerra, algunos alcanzando la genialidad en la denuncia, como Céline. Pero también hay quien ha reconstruido historias bélicas de oídas. Este es el caso de este autor, y su mérito, el no dejar que el dramatismo campe a sus anchas regodeándose más de la cuenta. ¿Cómo? Con una novela breve en la que se dice que toda Francia pensaba que iba a ser “cosa de quince días como mucho”. Y luego haciendo el recuento de atrocidades con un estilo austerísimo, cosa que es de agradecer. Soldaditos desnortados una vez que aterrizan en el campo de batalla, comprimidos entre la ofensiva enemiga y los compatriotas pisándoles los talones, los tiros y los obuses y las bayonetas por doquier, a punto de morir y sin saber por qué. Y mientras, Blanche, la mujer de la historia, esperando a que vuelvan sus cides campeadores, en la ciudad fantasma de Nantes, como así quedaron todas las ciudades entre el 14 y el 18, y en todas las guerras.

La guerra… nadie en su sano juicio acaba de entenderla, y por eso hay que volver a contar el horror, el miedo, desde la ingenuidad y el absurdo, cómo hace perder el juicio. Echenoz escribe sin haber estado allí, produciéndose el milagro del relevo y de la transmisión, o sea, el de la literatura; el resultado es conmovedor.

El resumen de la contraportada de este libro dice: “Cinq hommes sont partis à la guerre, une femme attend le retour de deux d’entre eux. Reste à savoir s’ils vont revenir. Quand. Et dans quel état” (“Cinco hombres se van a la guerra, una mujer espera el regreso de dos de ellos. Falta saber si volverán. Cuándo. Y en qué estado”).

Jean Echenoz, 14, Les éditions de Minuit, 2012 (trad. Javier Albiñana, Anagrama, 2013).

Couverture 14  Maquetaci—n 1

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“El tiempo es un misterio banal y todo estaba en orden…”

“Ce même soir il retrouva une photo, prise à son école primaire de Charny ; et il se mit à pleurer. Assis à son pupitre, l’enfant tenait un livre de classe ouvert à la main. Il fixait le spectateur en souriant, plein de joie et de courage ; et cet enfant, chose incompréhensible, c’était lui. L’enfant faisait ses devoirs, apprenait ses leçons avec un sérieux confiant. Il entrait dans le monde, il découvrait le monde, et le monde ne lui faisait pas peur ; il se tenait prêt à prendre sa place dans la société des hommes. Tout cela, on pouvait le lire dans le regard de l’enfant. Il portait une blouse avec un petit col.          Pendant plusieurs jours Michel garda la photo à portée de la main, appuyée à sa lampe de chevet. Le temps est un mystère banal, et tout était dans l’ordre, essayait-il de se dire; le regard s’éteint, la joie et la confiance disparaissent. Allongé sur son matelas Bultex, il s’exerçait sans succès à l’impermanence. Le front de l’enfant était marqué par une petite dépression ronde – cicatrice de varicelle ; cette cicatrice avait traversé les années. Où se trouvait la vérité? La chaleur de midi emplissait la pièce”.

Michel Houellebecq, Les particules élémentaires, Flammarion, 1998, p. 23

Enfant souriant

“Esa misma noche encontró una foto tomada en su escuela primaria de Charny; y se echó a llorar. El niño, sentado ante el pupitre, tenía un libro de clase abierto en las manos. Miraba al espectador sonriendo, lleno de alegría y valor; y este niño, por incomprensible que pareciese, era él. El niño hacía los deberes, se aprendía las lecciones con una confiada seriedad. Entraba en el mundo, descubría el mundo, y el mundo no le daba miedo, estaba dispuesto a ocupar su lugar en la sociedad de los hombres. Todo esto se podía leer en la mirada del niño. Llevaba una bata con un cuellecito.                                                    Michel tuvo la foto durante varios días al alcance de la mano, apoyada en su lamparilla de noche. El tiempo es un misterio banal y todo estaba en orden, intentaba decirse; la mirada se apaga, la alegría y la confianza desaparecen. Tumbado sobre el colchón Bultex, se entrenaba sin éxito en la no permanencia. Una pequeña depresión redonda marcaba la frente del niño, una cicatriz de varicela; esta cicatriz había sobrevivido a los años. ¿Dónde estaba la verdad? El calor del mediodía invadía la habitación”.

Las partículas elementales, traducc. de Encarna Castejón, Anagrama, 1999

Un-dos-tres-carabín-bon-ban… Un-deux-trois-soleil…

Ciertas cosas tienen en común Romain Gary y Joaquín Leguina. Por ejemplo, haber ejercido varios oficios, no sólo el de escritores… aunque, ¿quién puede ser “sólo escritor”? (ya lo decía Jules Renard: “El oficio de las letras es, pese a todo, el único en el que se puede no ganar dinero sin hacer el ridículo”). Gary, este “cosaco, un poco tártaro cruzado con judío”, fue héroe de guerra gaullista pero también diplomático en ciudades como Sofía, La Paz, Nueva York y Los Ángeles, o marido por un tiempo de Jean Seberg, icono cinematográfico de la Nouvelle vague; de Leguina conocemos su carrera política en el Partido Socialista; también ha sido funcionario del Estado como demógrafo, profesor y comisionado por Naciones Unidas en España, Francia y Chile y tiene el raro honor de dar nombre a una biblioteca, la Biblioteca Regional de Madrid, desde 2002.

Pero quería resaltar de ambos su común tarea de escribir ficciones, y en particular, hacerlo desde muchas primeras personas. Sin embargo, el escritor francés lleva al paroxismo su treta, llegando a firmar con nombres-fantasma sacados de la chistera, su yo escindido a los cuatro vientos. Por su parte, Leguina entrelaza en una misma historia, pongamos por caso en La fiesta de los locos (Mondadori, 1989), varios yoes que dan algo de luz a las tinieblas de Louis-Ferdinand Céline.

Leguina ha dedicado a Gary un capítulo titulado “El bromazo de Gary”, en la compilación de “folios perdidos” que es Impostores y otros artistas (Cálamo, 2013), donde el escritor cántabro habla de lo que le emociona (cine, libros, música). Nos contó en la charla del pasado 4 de mayo, cuáles fueron las batallas que libró el lituano-francés para convertirse en lo que se convirtió: “¿Conoce usted la historia del camaleón? Lo ponemos sobre una alfombra azul, se vuelve azul; sobre una alfombra amarilla, se vuelve amarillo; sobre una alfombra roja, se vuelve rojo, sobre una alfombra escocesa, se vuelve loco. Yo no me he vuelto loco, me he vuelto escritor”. Ya se sabe que la impostura es en el fondo un recurso narrativo fecundo y que amplía las posibilidades de la ficción y de la experiencia vital: Rimbaud dejó escrito el lacónico “Je est un autre” y algo semejante decía Flaubert, “Madame Bovary c’est moi”.

Gary triunfó con Émile Ajar, ganando el Premio Goncourt de 1975 con La vie devant soi, si bien indebidamente, ya que sólo se puede ganar una vez y Gary ya lo había obtenido en 1956 con Les racines du ciel. Inventarse a Ajar fue como liberarse del cansancio de ser Gary: “El hábito de no ser más que uno mismo acaba por privarnos del resto del mundo y de los demás […] A veces tengo la necesidad de cambiar de identidad, de separarme de mí mismo, lo que dura un libro”. Hasta cuatro novelas firmaría Ajar, y mientras tanto, los críticos carroñeros venían a importunar a Gary, muy apresurados en echarle tierra por encima y cavar su tumba. Pero puso en su lugar a “esos charlatanes de mierda”, como recordó Leguina…

Así que aquello fue un renacimiento, un airoso “canular”, un bulo irreversible que de todas formas acarreaba un trágico final de partida. Pero es que ya lo venía avisando, él no envejecería jamás.

Un-deux-trois-soleil…                                                                                                         Ni el oficio ni la militancia ni los hábitos pueden encorsetarnos, asfixiarnos en un solo ser.   La creación no se casa con ningún dogma, no sirve a Nadie.

Un-dos-tres-carabín-bon-ban…                                                                                 Leamos historias, sin costuras ni andamios ni ropajes. Volvamos al juego.

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Muchas gracias a Joaquín Leguina, por su generosidad.

Muchas gracias a los asistentes, por su interés.

Muchas gracias al Espacio Leer, en especial a Maica Rivera y a Borja Martínez.

Partículas contemporáneas

En mayo leemos al Houellebecq de hace más de una década; quizás el mejor, el que golpeaba más fuerte…

« Toute société a ses points de moindre résistance, ses plaies. Mettez le doigt sur la plaie, et appuyez bien fort (…). Insistez sur la maladie, l’agonie, la laideur. Parlez de la mort, et de l’oubli. De la jalousie, de l’indifférence, de la frustration, de l’absence d’amour. Soyez abjects, vous serez vrais ».

Les particules élémentaires, Flammarion, 1998; J’ai Lu, 2000

«Toda sociedad tiene sus puntos débiles, sus llagas. Meted el dedo en la llaga y apretad bien fuerte (…). Insistid sobre la enfermedad, la agonía, la fealdad. Hablad de la muerte y del olvido. Sed abyectos: seréis verdaderos ».

Las partículas elementales, Anagrama, 1999 (traduc. Encarna Castejón).

Les particules élémentaires

  • En español: 6 y 20 de mayo
  • En français : 13 et 27 mai