Nadie

               

I’m Nobody! Who are you?
Are you – Nobody – too?  […]
Emily Dickinson

 

    Se despierta poco a poco bajo el chorro de agua caliente. Una mudanza furtiva de la cama a la ducha. Habrá sorteado las esquinas y los bultos, el cuerpo encogido y desnudo por el pasillo de baldosas frías, como una corredera. Sus articulaciones se despliegan por efecto del calor mientras enumera las tareas del día. La sangre empieza a irrigar su cerebro al punto de sorprenderse buscando una metáfora de algo que no llega. Esta es su primera ausencia. Nunca saldría de esa ducha, de haber podido. Pero sale, agarra una toalla, se viste, toma fruta y café.

    Todavía es noche cerrada cuando se precipita al invierno. Se mete en el coche que compró recientemente. Un turismo de ocasión. Siempre había pensado que representaría un momento importante en la vida de alguien. Pero nada. Es como si llegara tarde a esa compra, cuando ya adquirir un vehículo de ochenta caballos no fuera símbolo de emancipación de ninguna clase. El coche no ha sido un capricho, sino tan necesario como otros objetos – la bufanda, el bip para entrar en el parking, las carpetas, los post-it, las hojas A4, los bolígrafos y rotuladores, el pen-drive con las lecciones del día que fotocopiará antes de entrar en el aula. Tan necesario como manejarse entre listas de alumnos, distintos pero intercambiables, como aprender sus nombres y así asentar su autoridad, como fijarse en la vestimenta de cada alumno, siempre la misma, como imaginar la causa de esas caras tan grises y a la vez portadoras de una rabia difusa, como pensar en lo que traerán esos padres a casa, qué sueldos, qué frustración, qué borrachera, qué supervivencia. Docente en zona rural, un no man’s land. Enseñar lengua a hijos de proletarios del campo, recolectores de trigo, hijos de las máquinas de los tiempos modernos. Su incorporación al centro fue inmediata, no se lo pensó a falta de otras inercias; su presente estaba por hacer.

    Carreteras estrechas como surcos cruzando campos de tierra removida, el silencio sagrado de la aurora. Se contentaba con ciertas visiones matinales durante sus trayectos al trabajo y se consolaba pensando que ahí no había ni memoria ni pasado, tan sólo tiempo. El campo de trigo helado, la espuma de rocío, los corderitos plateados y ondulantes. En esos viajes de su casa al instituto, no sabía si iba en coche o nadaba entre arrecifes y corales junto a animales acuáticos sin nombre. Se hubiese podido quedar en ese mar de ausencias recurrentes. Pero tenía reflejos insuperables y encendía la radio para poblar de tedio y normalidad el interior de la cabina mientras conducía. Enemiga de ensoñaciones, la voz del locutor informaba igual de guerras que de bolsas en caída libre. Y ese lenguaje llenaba el mundo: las noticias, los usurpadores de la cosa pública, el director de su establecimiento, los colegas que suspiraban por formar parte del cuerpo y ascender. Todos manejaban la dichosa jerga, el código, eres o no eres de los nuestros. Ese lenguaje excluía y dominaba, perfilaba la realidad. Daba la posibilidad de ser alguien, de ser hijo de la administración y de su eficiencia.

    ¿Qué pasó aquel día para que todo cambiara? En realidad casi nada. Una clase sobre pronombres indefinidos bien poco parece. En francés, les recuerdo, nadie se dice personnenobody en inglés. Desatención en el aula, algunos dormitan desparramados sobre las mesas, otros charlan descuidando incluso el disimulo. Por qué muchos de ellos ocultan su rostro bajo capuchas, cosa de raperos o de monjes, la apología del anonimato y de la impunidad. Como si fuera oficiante de una misa negra y borrosa, se dio cuenta de que lo indefinido iba ganando mayores contornos. Apenas una idea llevó a otra y pronto le fueron ganando las ensoñaciones. Este tercer momento de ausencia en la jornada fue suficiente para borrarlo todo.

    Notará cómo ambos costados, en franca simetría, van adquiriendo rigidez muscular, quedando el tronco comprimido como en un cascanueces. Nada más común que un cuerpo que implosiona hasta la supresión mientras la mente todavía ve. Pasa todos los días, es cuestión de fijarse. Se romperá en mil pedazos hasta no ser más que una visión totalmente nueva, que ya no ve lo que antes veía; sin oponer resistencia, dejará que las cosas sigan su curso. Ya había sentido otras veces como un afán de desapego; vaya ocasión se le brindaba, así, delante de los alumnos legañosos que asistan al suceso de su transformación. Acogerá con benevolencia la idea del caballero que perdió caballo y empuñadura, y queda solo después de la batalla, figurita sola entre el humo y el azufre.

    Sentirá, ya sin cuerpo, que sin embargo respira y late, y durante unos segundos encarnará toda la sensualidad que pudo almacenar desde su infancia, de manera que antes de la definitiva disolución será un gran sexo abierto, sin fondo y terrenal.

    Un sexo abismado y agradecido. Sólo eso.

    Y luego nada.

    Las autoridades no han dado, claro está, con su paradero. Les digo que se disolvió. Pasa todos los días.

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